Leyendo los artículos más actuales de gestión empresarial que se publican por los periódicos y las revistas que van dirigidas a directivos, observo que hay un denominador común en todos ellos.

En la mayoría se apelan a normas que, quizá, nuestros antepasados verían más propias de las buenas maneras y la educación. Y es que, a pesar de nuestros estudios, de nuestra preparación y nuestra cada vez más amplia capacidad de análisis y de vislumbrar los cambios, parece como si hubiéramos dado pasos hacia atrás en lo que a relación con personas se refiere.


Exigencias, malos modos, pésimo uso del lenguaje, desprecio y menosprecio son constantes en la vida empresarial, una especie de selva en la que se han perdido las buenas maneras y la educación.

¿El problema? Creo que hemos arrinconado la verdadera dimensión del ser humano. Sí, sí, no se sorprendan. En este mundo nos hemos olvidado de que no hay vasallos ni señores feudales, hay personas que tienen diferentes posiciones en la vida, las cuales son complementarias. Pero desgraciadamente nos medimos por lo que aparentamos y lo que tenemos. Es decir, vivimos en una realidad de percepciones superficiales.

Centrémonos en un término muy oído y utilizado últimamente: el coaching. Esta palabra tan de moda, que en realidad lleva entre nosotros unos cuantos siglos, sino remontémonos a la mayéutica de Sócrates, es el arte de hacer que aflore todo el potencial que alguien lleva dentro con el fin de aumentar al máximo su desempeño. Es decir, se trata de ayudar a alguien a aprender.

De esta definición se puede deducir que el coach, es decir, el entrenador, debe ser al menos una persona paciente, equilibrada, capaz de vislumbrar ese potencial oculto y poseer una enorme capacidad de escucha.

¿Escucha? ¿Pero cómo se puede tener esta actitud activa en un mundo en el que sólo estamos dispuestos a atender a aquello que responde a nuestros intereses, que impulsa nuestros estímulos y está de acuerdo con lo que pensamos?

Ante la pregunta ¿se considera usted un buen oyente? la mayoría de nosotros contestaríamos que no siempre, pero que normalmente sabemos escuchar al otro.

¿Sabemos qué es la escucha?

Por escuchar se entiende el proceso de recibir, atender y asignar significado a un estímulo auditivo y visual.

Hagamos examen de conciencia: ¿recibimos todo lo que vemos y oímos, o sencillamente descartamos los que no nos conviene o va en contra de nuestros intereses? ¿Atendemos y estamos alerta a todo o nuestra mente vagabundea mientras el otro habla y en vez de escuchar estamos pensando lo próximo que diremos nosotros? ¿Le asignamos a las opiniones y afirmaciones de los demás el significado correcto o el que más cerca está de nuestros intereses y creencias?

Hace un tiempo conocí a un empresario que creía que dominaba a los demás. Digo creía porque eso es lo que parecía a simple vista. Él hablaba y los demás asentían. Pero nada más salir de su despacho, de sus dominios, las personas cambiaban y desataban toda clase de comentarios y opiniones contra ese jefe que se sentía satisfecho en su sillón pensando el poder de persuasión y de convencimiento que tenía entre la gente.

Este tipo de situaciones, cuanto menos, generan lástima, pero lástima por ambas partes. Por el lado de los empleados que no se atreven a hablar, pensando que es el mejor modo de sobrevivir, y en lo que concierne a ese directivo, que se queda en su reino particular sintiéndose el mejor líder del mundo.

El caso es que la habilidad de escuchar afecta a la calidad de las conversaciones y a nuestras relaciones con los demás, tal como se enseña en los cursos y talleres sobre coaching. Pero esta habilidad de saber escuchar debe estar complementada con la palabra activamente.

Para entrenar nuestro oído y acostumbrarlo a recibir las opiniones de los demás, hay varias cosas que debemos saber. La escucha activa demanda tiempo para los demás, supone la creación de un clima agradable donde reine la confianza, significa aceptar a los demás tal cual son y no como a nosotros nos gustaría que fueran, implica que no nos precipitemos en nuestras conclusiones, ni poner en boca de otros lo que no han dicho.

¿Escuchamos con atención antes de reaccionar?

La experiencia nos dice que no y, lo que es peor, nos valemos de nuestra posición para intimidar, no dejar hablar e, incluso, distorsionar lo que dicen los demás.

¿Cómo pensamos, pues, extraer el potencial de una persona si ni siquiera somos capaces de escucharla?

La gran mayoría de la gente nos solemos quedar en las palabras sonantes, en las que escuchamos a través del oído, obviando las que escuchamos a través de la vista.

Y es que todo lo concerniente al contacto visual, la expresión facial, los gestos y la postura corporal revela y dibuja trazos más allá de las propias palabras. Felicidad, tristeza, sorpresa, inquietud, duda, enfado, miedo, impotencia,… son algunas de las reacciones que forman parte del calidoscopio emocional del que estamos hechos los humanos y que se pueden leer en los signos de la comunicación no verbal.

Algunos de estos signos son tan claros que las personas que los pasan por alto lo hacen deliberadamente, empeñándose en no escuchar y en no hacer caso y obviando la multitud de señales que nos están transmitiendo.

Y es que para ser un buen oyente hay que entrenar muchas habilidades y tener, por supuesto, una actitud favorable y predispuesta hacia la escucha activa.

Dejemos, pues, de ser oyentes egocéntricos y desterremos esa actitud de “dime, dime, pero lo que en realidad me importa es lo que yo piense”. Hagamos que los demás se sientan escuchados, sin prejuicios, sin las barreras típicas que tendemos a construir arropados por nuestra posición y pensemos que es momento de escuchar, no para marcar las diferencias sino para ampliar las perspectivas. Inténtenlo, no es imposible.

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  • ¿De dónde surgen las preguntas correctas?