©Helena López-Casares Pertusa. Editora senior de LID Editorial Empresarial y formadora.
©Antonio Pamos de la Hoz. Director de Grupo Actual y formador.

Esta es la historia de Mara, una niña atrapada en un mundo de fantasía, pero también es la historia de las ilusiones, aspiraciones, objetivos y consecuciones del ser humano. Estás ante un cuento y una reflexión, ante la razón y la imaginación. Puedes adaptar la lectura a tu particular forma de volar y hacerlo como creas conveniente. Primero puedes concentrarte en el cuento y luego en el análisis que lo acompaña, o realizar una lectura convencional, dejándote llevar por unos originales saltos de estilo.

Mara ascendía por las escaleras que daban paso a su habitación y ponían fin a una de sus mayores diversiones: escuchar las conversaciones de los mayores y observar sus movimientos. Era viernes y, como sucedía en bastantes ocasiones, el salón de su casa se había transformado en un sitio de reunión de familiares y amigos. No en vano su padre era uno de los banqueros más influyentes del país y su madre una conocida novelista, que tocaba maravillosamente el piano, haciendo las delicias de esas veladas interpretando hermosas piezas.

Pero Mara tenía diez años y su madre, tras haberle concedido más tiempo del que le correspondía, le aconsejó que se fuera a dormir, pues, aunque al día siguiente no había que madrugar, era ya muy tarde para una niña de su edad.

Las risas se iban disipando conforme subía por la majestuosa escalinata serpenteada por la barandilla de forja traída de Italia, mientras sus ojos le iban dando pistas de lo cansada que estaba. El pasillo, siempre iluminado por los quinqués, estaba a oscuras porque María, la fiel asistenta, los había llevado a limpiar aquella mañana, así que Mara pensó en dar media vuelta para pedir a su madre que la acompañara. Sin embargo, el resplandor proveniente de su estancia la alertó. «Qué luz tan clara y brillante», pensó, avanzando con cuidado hacia la puerta.

Mara era inquieta y pensaba que para todo había una explicación y, aunque su sed de curiosidad era grande, no podemos decir que no tuviera miedo, pero «abajo había mucha gente», pensaba mientras respiraba profundamente para tranquilizarse.


A colación de la Teoría de Rosenthal y su profecía autocumplida hace unos años se hizo célebre una frase que decía: «ten cuidado con lo que deseas porque pueda acabar haciéndose realidad». Y de alguna manera es correcto. Sin pretender caer en argumentos ñoños de películas melifluas donde el padre le dice al hijo que cerrando los ojos y deseando con mucha fuerza que ocurra algo, ocurrirá, sí es cierto que desear algo condiciona a su materialización.

Sueños, objetivos, retos, ilusiones, ambiciones, aspiraciones, etc. Todos ellos son estados de la conciencia que funcionan como acicate de nuestros actos. La ilusión por ser o tener algo nos empuja en esa dirección. Inconscientemente enfilamos nuestras acciones hacia el elemento deseado. Y en la medida que sea más fuerte el deseo de alcanzarlo, será menos perecedero y no estará sujeto a interferencias.

Pero esto no es magia. No hay nada paranormal detrás del aserto anterior: desear algo nos acerca a su consecución. Lo que provoca ese deseo es la disposición de todo nuestro ser corpóreo e incorpóreo a decidir qué hacer en cada momento en pos de alcanzar nuestra meta.

Se dice coloquialmente que de la ilusión también se vive cuando alguien tiene grandes aspiraciones personales. Detrás de ese comentario no hay más que un mensaje derrotista que busca socavar tales intenciones con el fin de hacer volver el apoyo de sus pies al abrupto suelo que nos sostiene al resto. «Castillos en el aire», «brindis al sol»o «comulgar con ruedas de molino» son expresiones enraizadas en nuestro idioma y que sirven de contrapeso al individuo que quiere volar.

Decía Paulo Coelho que a veces el universo conspira y los planetas se alinean para hacer realidad los sueños de uno. Es la otra cara de la moneda. La batalla está servida. Existe una conciencia que se afana en hacernos ver molinos donde sólo hay eso, molinos y otra que nos anima a buscar a los gigantes detrás de las aspas.

Sujetó el pomo de la puerta con fuerza y empujó, dejando paso a unos rayos que luchaban por salir del tercer cajón de su cómoda, acompañados de los suaves movimientos musicales de un nocturno de Chopin. Armada de valor y extasiada por esa melodía, que tantas veces había oído tocar a su madre, Mara abrió el cajón, quedando cegada por el derroche de claridad. Cuando sus pupilas se hubieron acostumbrado a la nueva situación, pudo ver cómo se formaba una gran burbuja en la habitación que la atrapó en su interior.

Mara daba vueltas dentro de la bola transparente, a la vez que sentía cómo se iba empequeñeciendo hasta que llegó al tamaño perfecto para penetrar por el cajón. Y así fue. Apenas la burbuja redujo sus dimensiones, Mara se vio dentro de su cómoda. Aquel cajón era enorme y no se veía nada, sólo un sonido muy familiar, el piano, su conexión particular con lo conocido, que la mantenía calmada. «¿Dónde estoy?», gritó con la esperanza de que alguien la escuchara, pero no hubo respuesta, al menos como ella esperaba.

Al cabo de un rato la música se hizo más intensa y un «golpea la burbuja, golpea la burbuja» sonó como un eco. El golpe de Mara, seco y decidido, rompió su habitáculo y cayó a una superficie mullida, azulada, brillante, en la que se elevaba una puerta dorada coronada por un perfecto arco de flores. «Llama con tres toques», rezaba el cartel que colgaba del pomo. Toc, toc, toc. La entrada se abrió y Mara se quedó sin respiración ante la visión que se abría frente a ella: todos los muebles de su casa estaban allí, animados, con vida, mirándola. De fondo, la deliciosa pieza que la había acompañado desde su más tierna infancia, la Sinfonía de los Juguetes de Leopold Mozart.

Desde el exterior hasta el interior, de lo corpóreo a lo incorpóreo, existirían tres niveles de conciencia a la hora de percibir el mundo circundante: la visión, la ilusión y la alucinación.

La visión es el culmen de la objetividad. Es la percepción real de los hechos. Es puramente física y su centro de recepción neuronal se encuentra claramente localizado en el lóbulo occipital. Las cosas son como son y dan poco margen para la improvisación.

Las personas más visionarias suelen ser excesivamente racionales y con estilos de procesamiento muy convergentes, es decir, resuelven sus problemas cotidianos con la información al alcance. Son personas que en términos civiles poco o muy poco tienen que decir. Sus ilusiones surgen en las fases REM para desvanecerse una vez despiertos.

Ahora, alterando el orden, saltamos a describir la alucinación. Ésta, a diferencia de la visión y de la ilusión, se sitúa en el extremo opuesto a la realidad. La alucinación, muy a menudo, es suficiente por sí misma para hacer que las cosas ocurran. Rompe taxativamente su relación con la realidad para ubicarse en un entorno de fantasía y fábula. Está presente en las patologías mentales mayores y su aporte de verosimilitud conduce a su autor a realizar actos que conculcan las leyes de la lógica.

La alucinación puede formar parte de una pequeña parcela de la vida que no llega a incapacitar a su autor. Es decir, se puede constituir en livianas distorsiones que, mantenidas acotadas, permiten a su paciente llevar una vida normal, o por lo menos relativamente normal.

Por su parte, la ilusión, objeto de este artículo, permite a su autor ir más allá de la información disponible para ahondar en una estructura más profunda y sólo a su alcance. Sin llegar nunca a perder el contacto con la realidad, crearse ilusiones le permite saborear el néctar del objetivo alcanzado antes de que roce sus labios. La persona con ilusiones vive con mayor frescura el día a día puesto que encuentra un motivo extra para vivir: lo porvenir.

No obstante, la ilusión se quedaría sólo en un pensamiento manifiesto si no estuviera acompañada de un componente emocional, si no se viviera intensamente. Esa es la motivación. Es decir, la ilusión-motivo marca el lugar de destino mientras que la ilusión-motivación indica el celo que ponemos en esta empresa particular.

Lo primero que acertó a distinguir fue su cama, aunque más pequeña, que, posada en la rama de un árbol, pestañeaba cual fémina presumida, mientras el mueble zapatero de sus padres la observaba. Más allá, los quinqués parecían divertirse de lo lindo patinando encima del escritorio de su padre. El armario ropero, que contenía los vestidos de Mara siempre limpios y ordenados, era ahora un transportador aéreo para todos los que quisieran admirar las vistas desde la más alta de las cúspides, representada por el reloj de pared. Mara estaba abstraída, boquiabierta, no se lo podía creer.

-«Sólo por el hecho de no haber visto antes algo, no quiere decir que no exista. Aprende a confiar y explora antes de sacar conclusiones precipitadas», sentenció una voz.

La niña miró a su alrededor y supo que esas palabras habían brotado del impactante mueble librería del siglo XVIII que presidía la biblioteca de su casa. Se acercó, y antes de que pudiera articular frase alguna, la vitrina abrió sus puertas de cristal y le mostró su interior. Había cientos de libros y todos reclamaban a Mara para que les escogiera. Casi por inercia, cogió el volumen de Alicia en el país de las maravillas, al fin y al cabo sólo había que poner su nombre en el título para que fuera exactamente lo que ella estaba viviendo en ese momento.

Dejó el libro en el suelo y se sentó al lado para ojear su interior, pero no le dio tiempo. Las páginas se desplegaron y Mara fue engullida por él.
-«Oh, no, otra vez no», gritaba mientras caía hacia abajo por segunda vez.

En esta ocasión fue a parar encima de una mesa alargada en la que se estaba celebrando una extraña fiesta al son de una canción nada real.
-«Un momento, estoy en la merienda de celebración del no cumpleaños del Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo», pensó Mara mientras los dos extraños personajes la miraban.
Conocía muy bien esa historia, pues la había leído varias veces, pero una cosa era imaginársela y otra muy diferente vivirla, con lo que un ligero escalofrío le recorrió el cuerpo.

-«El único modo de salir de aquí es siguiendo al conejo blanco y, si mis cálculos no fallan, está a punto de pasar por este lugar muy acelerado», pronunció, esta vez, en alto.
-«¿Tú qué crees que es eso que habla?», preguntó la Liebre al Sombrerero.
-«No sé, pero sea lo que sea, puede que le ponga mantequilla, me he quedado con hambre», contestó éste último refiriéndose a Mara.

Las ilusiones son buenas en sí mismas siempre y cuando no crucen el umbral que delimita el terreno de la alucinación (lo absurdo) ni caigan en el otro terreno de lo inalcanzable (lo imposible). Crearse ilusiones poco realistas o directamente inadmisibles puede minar la tolerancia de la persona e intoxicar con frustración y desengaño aquellos lugares donde antes sólo había esperanza y ánimo.

Las ilusiones que nos creamos hay que saber gestionarlas, tanto en su concepción como en su tramitación. Crearse ilusiones timoratas facilitará su consecución, pero por otra parte, como si de un músculo se tratara, limitará nuestras aspiraciones. Paralelamente, las ilusiones que rocen lo irreal sólo provocarán una búsqueda constante e infructuosa del éxito que derivará en frustración dañina.

De esta manera podríamos clasificar las ilusiones en cuatro categorías de acuerdo con su grado de viabilidad definido en términos temporales y lo tangible del objeto venerado. La siguiente tabla ejemplifica este término:

En sí mismos, estos cuatro conceptos no son ilusiones. Es más, el término que los nomina viene definido por el objeto en sí y no por la persona que los da vida. Todos ellos se convierten en ilusiones en el momento que su protagonista les aporta una emoción. Es decir, el modo en que se vive cada uno de ellos hace que se desplacen hacia el terreno de las ilusiones y dejen atrás el de los conceptos.

La categoría tangible-intangible marca la diferencia entre el ser o el tener. Las ilusiones son eso: ser algo (ilusión de poder, de ser amado, de ser el mejor, de ser feliz) o ilusión de tener (una casa, un negocio propio, un buen coche). Aunque aparentemente resulte obvio y sencillo de aplica este criterio, destacaría un elemento más de distinción: la ilusión tangible satisfecha resulta indiscutible, o se tiene o no se tiene. Sin embargo la intangible es más controvertida porque su definición resulta laxa e imprecisa. Los espejos que nos confirman que somos los más bellos sólo existen en los cuentos.

Por otra parte, la segunda categoría de clasificación, temporal-intemporal distingue lo cercano o lejano del suceso perseguido. Lo intemporal se mantiene vivo en un limbo en el que proyectamos esperanzas de que un día sea posible. Por el contrario, lo temporal está definido y nos conmina a actuar con una estrategia elaborada en pos del fin ansiado.

Como había pronosticado, el conejo se acercaba nervioso mirando su reloj. Nada más verlo, Mara se levantó como una exhalación, privando a la Liebre de su merienda.

-«Espere, Señor Conejo, no se vaya, tengo que salir de aquí», suplicaba Mara al blanco animal.
-«Sección primera cuarto volumen», le dijo el conejo sin volverse hacia ella.
-«¿Qué? ¿Cómo dice?»
-«No tengo tiempo para entretenerme, se me ha hecho tarde, sal de aquí por aquella puerta y haz lo que te he dicho».

Tal como le había indicado el conejo, Mara abrió la puerta y se encontró de nuevo con la librería. Sí, ya lo entendía, tenía que coger el libro que respondiese a las coordenadas que le había dado el animal.

Por partes: Tomás Moro acuñó el término Utopía en el Siglo XVI. Lo hizo a partir de dos palabras: outopía, que significa en ningún lugar y eutopía, que significa buen lugar. La utopía por tanto hace referencia a una ilusión por algo que desconocemos dónde se encuentra a causa de lo intrincado de su esencia y que satisface nuestros sueños de bondad. Tener la ilusión de que se acabará el hambre en el mundo, hoy por hoy es una utopía.

El término parautopía persigue ampliar el rango de significados originario, incluyendo conceptos que no necesariamente hacen relación a la bondad o el buen ser. De esta forma, en este cuadrante encontraríamos todas aquellas ilusiones menos definidas en cuanto a la estrategia que demandan para su consecución y que satisfacen aspiraciones de orden mayor: ser un buen padre, sentirse autorrealizado, ser rico, ser poderoso, etc. Y naturalmente, que se acaben el hambre y las guerras en el mundo.

Cuando la ilusión se concibe sin acotaciones temporales pero tiene una delimitación conceptual clara, entramos en el sueño. Son ilusiones a las que no se les ha otorgado un marco temporal pero que cuando se consiguen se tiene claro que así ha ocurrido. «Quiero ser actriz», afirma la chica adolescente. «Me gustaría tener una casa en la playa» dice el empleado del banco. «Quiero que mi hija sea juez», anhela la madre comprometida. Son sueños que dependiendo de las circunstancias personales serán más o menos viables.

La viabilidad del sueño marcará sus derroteros y con el tiempo, si su asidero resulta inalcanzable, se convertirá en parautopía y caerá así en el (otro) sueño de los justos. Entonces podrá seguir un doble camino: desaparecer para siempre y así evitar dañar nuestra autoestima o estar presente y fustigarnos cada vez que reparemos en que no fuimos capaces de hacerlo realidad.

En el lado más constructivo, al sueño, un día, se le pone fecha de ejecución, o por lo menos de inicio, y pasa a la categoría de temporal, pasa a ser un objetivo.

Los objetivos están mucho más presentes en nuestro devenir. Se constituyen como un leit motiv de nuestra existencia. Sólo pensar en que lo podemos alcanzar nos genera una inquietud que nos ayuda a seguir adelante.

Conseguir hacer realidad este tipo de ilusiones implica disciplina y método por nuestra parte. Y esto no está al alcance de todos. Por eso, puede ocurrir que se dé un paso atrás y el objetivo vuelva a su condición de sueño, poniendo en entredicho nuestra capacidad y dejando a la intemperie a nuestra autoestima.
La mariposa vive con la falsa ilusión de que algún día despertará oruga.

Cuando nuestras ilusiones pastan en los campos del sueño, tendemos a significar los aspectos positivos y menospreciar los negativos. Por ello, nuestros anhelos (o ensoñaciones) se encastillan en fortalezas idílicas con muros tan inexpugnables que no encuentran argumento o evidencia alguna que los haga temblar.

Pero un día, si todo sigue el curso deseado, pasan a convertirse en objetivo. Es decir, nos convencemos de que vamos a por ello. Y aquellos muros que aparentaban hormigón, se descomponen ante la presencia de los contratiempos. Es entonces cuando la ilusión demuestra su fortaleza y se supera a sí misma reinventándose para lograr el objetivo deseado.

Frente al objetivo, en el polo de la intangibilidad se presenta lo que hemos dado en llamar reto. El reto, es un desafío personal que nos imponemos y que su sola consecución es suficiente para justificar todo el esfuerzo que ocasiona.

El reto al estar menos definido que el objetivo resulta más difícil de alcanzar. Frente al objetivo de perder 10 kilos está el reto de adelgazar antes del verano.

El reto, como ocurre con sus allegados, puede evolucionar y lo normal es que para hacerlo más manejable (aquello del asidero) se mueva a objetivo o bien nos dé la espalda y se vaya hacia la parautopía. En este último caso quedará un regusto amargo que pondrá a prueba a nuestra autoestima.

-«El mago de Oz», leyó Mara alcanzando el cuarto volumen de la sección primera.
Era la historia de Dorita, una niña atrapada en un mundo fantástico, que también deseaba volver a casa y para lograrlo se encamina hacia la ciudad Esmeralda en busca de un poderoso mago para que la ayude en su propósito.
-«Pero, aquí no hay ningún mago que me pueda ayudar. Si no hubiera entrado sola en mi habitación ahora no estaría aquí», decía entre sollozos Mara.

Las lágrimas se iban deslizando por su cara y al llegar al suelo se cristalizaban, reposando unas encima de otras. Mara no se dio cuenta hasta que se sintió aprisionada por el cono de lamentos, que superaba ya el metro de altura. Un torbellino de aire de polvo de colores comenzó a rugir con fuerza y arrancó a Mara y a su habitáculo del suelo. A partir de aquí todo se volvió impreciso, daba vueltas y más vueltas en un mar de confusión: los muebles, el conejo blanco, el Sombrerero Loco, la Liebre de Marzo… giraban en torno a ella.

El sudor le rodaba por la cara y su cuerpo se movía sin parar, una última sacudida hizo que se cayera de la cama.

Tener ilusiones no sólo es natural, es necesario. La propia historia de la humanidad está llena de ilusiones: desde aquel primate que soñó con andar sobre sus patas hasta el ingeniero que preparó el terreno para llegar a la luna.

Este último ejemplo puede resultar muy instructivo para ejemplificar todo lo tratado anteriormente. Desde tiempos pretéritos, la luna ha sido objeto de análisis cuando no de veneración. Pensar en pisar la luna ni siquiera era una parautopía. Podían existir científicos en la antigüedad que repararan en eso pero ante lo irreal de la idea, ésta no marcaba su trabajo ni sus investigaciones.

Seguramente, un día alguien le dio más forma a la idea y surgió la ilusión de viajar por el espacio. Toda una quimera. El sol, las estrellas, los planetas y como no, la luna. Acababa de surgir la parautopía.

En 1865 Julio Verne publica De la Tierra a la Luna y le da forma. Incluso pronostica un método que luego con el tiempo no resultó descabellado. La ilusión se acababa de transformar en sueño.

Sólo faltaba dotar a la ilusión-sueño de un marco temporal de ejecución para que evolucionara hacia el reto. Y así ocurrió cuando en 1958 se crea la NASA con el fin de iniciar la ambiguamente definida carrera espacial.

El último paso estaba por llegar y fue cuando se estableció el objetivo de llegar a la Luna antes que los soviéticos. Y el objetivo se hizo realidad el 20 de julio de 1969 cuando Neil Armstrong puso el pie en la Luna por primera vez. Y como él mismo dijo fue un gran paso para la humanidad. Un paso que durante cientos de años había alimentado la ilusión de muchas personas, científicas o no, y que finalmente fue satisfecha.

A medida que vamos creciendo, y conocemos el mundo en que vivimos y sus dinámicas, las ilusiones van siendo más reales. Una infancia excesivamente protectora puede marcar el calibre de las ilusiones que se creen con el tiempo: en este caso lo más probable es que existan más ilusiones intemporales y menos ambiciosas que las que pueda tener una persona con una infancia más estimulante y desafiante.

Del mismo modo, la autoestima, producto de nuestra historia personal de resolución de problemas, marcará la talla de nuestras ilusiones. Haber experimentado el éxito en más ocasiones nos condiciona para anhelar desafíos de mayor calado. Al contrario de los que se han dado por vencidos tras acumular un tropiezo tras otro.

Y es que nuestra historia personal no es más que un trasunto de la de la humanidad. Una historia de superación, logros y avances alternados en menor medida (afortunadamente) por decepciones y contratiempos. Es decir, una historia de ilusiones y desilusiones.

Encendió la luz de la lámpara de su mesita. Todo había sido un sueño. Su vista se clavó en el fabuloso vestido que colgaba de su armario: un impecable diseño para una novia perfecta. Faltaban unas horas para que su vida se viera definitivamente unida a la de Carlos.

Bajó la escalinata con dirección al salón, teniendo cuidado para no despertar a sus padres. Amaba aquella casa y todo lo que representaba: una infancia feliz, completa, rosa. Quería a Carlos, pero inevitablemente no podía dejar de pensar en la nueva vida que iba a emprender y lo que dejaba atrás. Ese sueño era el compendio de todos sus temores, a la vez que personificaba a la ilusión, cuyo cumplimiento se le hacía especialmente atractivo. Si pudiera detener el tiempo, si pudiera volver hacia atrás, si pudiera volver a ser esa niña de diez años…

Acostada en el sofá pensaba en el simbolismo de aquel espejismo inconsciente. Se sentía superada por el acontecimiento porque desconocía cómo iba a ser vida a partir de ahora. Sería feliz, indudablemente, pero extraña, a la vez. Por la puerta entreabierta del salón vio la silueta del mueble librería y recordó sus palabras. En efecto, sus emociones habían tejido una red pegajosa alrededor de ella en los últimos días y se había dejado atrapar cual mosca indefensa. No había nada que temer, estaba en casa y siempre lo estaría.

Autores:

©Helena López-Casares Pertusa. Editora senior de LID Editorial Empresarial y formadora.

©Antonio Pamos de la Hoz. Director de Grupo Actual y formador.

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