La mera productividad vuelve por desgracia a estar de moda
Por Antolín Velasco
Socio Director de BLC Human Coaching y Vicepresidente de AECOP
Si es que alguna vez no lo ha estado, en estos momentos de crisis se vuelve a poner de total actualidad el tema de la competitividad y por ende el de la productividad.
Ambos conceptos que están muy relacionados, se mezclan, se utilizan indistintamente y en ocasiones se confunden, aunque son distintos.
La competitividad responde a una clasificación relativa de las empresas. O sea una empresa no es competitiva per se, sino en relación con otras. Podríamos definir la competitividad como la capacidad que una empresa tiene de destacar respecto a sus competidores y por lo tanto hacerse elegir por los clientes. Esta capacidad se consigue mediante multitud de factores: producto/servicio, calidad, atencion al cliente, marketing y como no por el precio.
La productividad se refiere exclusivamente a la capacidad que una empresa tiene de producir a menores costes que sus competidores. Ahora bien pudiera suceder que una empresa que tienen unos índices muy altos de productividad, con unos precios bajos, no ganara el favor de los clientes. O también que una empresa, en aras de reducir sus costes y poder ofrecer a los clientes precios más bajos, olvidara todo lo demás, con lo que sin duda no sería la opción elegida por los clientes, que estarían dispuestos a pagar algo más por ese `producto o servicio y obtenerlo en buenas condiciones.
Cuando en las empresas mandan en exclusiva los financieros, especialmente en estás épocas de crisis, solo se plantean políticas de mejora de productividad con disminuciones de costes y en particular a través de una reducción del precio del factor trabajo, mediante reducciones de plantilla via despidos, no renovación de contratos y ERE´s.
En el altar de esa mejora de la productividad se sacrifican todo tipo de ofrendas a los implacables e insaciables dioses del mercado, oficiados como no por economistas y financieros, que a modo de los nuevos oráculos concretan los sacrificios que permanentemente exigen. Así se sacrifica la calidad de los productos y servicios, sustituyéndolos por otros de vida más efímera, producidos en otros lugares con sueldos más bajos; se sacrifica la atención al cliente, sustituyendo el trato humano y personal por diálogos de besugos con máquinas que te marean y que normalmente consiguen el objetivo de aburrir al cliente que reclama. Se sacrifica la formación y el reciclaje de las personas, sustituyéndolas por un “que aprendan en la red”. Se sacrifica la innovación y el riesgo, adoptando vías ya establecidas y sistemas conocidos que “siempre han funcionado”.
Pero no se dan cuenta esos financieros, algunos de ellos auténtica lacra de nuestros días, que están cavando su propia tumba y por desgracia la de las empresas que les dan el poder, a las que llevan al matadero. No se dan cuenta de que el cliente es cierto que quiere ahorrar y gastar lo menos posible, pero no está dispuesto a que le tomen el pelo y a que no le atiendan cuando reclaman o a que le den un producto o servicio sin la calidad adecuada y que a la postre la decisión del cliente no solo se mide ni ahora ni jamás por aspectos exclusivamente económicos. Bien es cierto que las empresas, que ahora lo están pasando mal quizás tengan que bajar sus precios y por lo tanto sus costes. Pero también lo es que la crisis pasará y que las empresas que hayan dilapidado su capital humano no solo no remontarán, sino que probablemente tendrán definitivamente que cerrar.
Las empresas deben ser competitivas, no solo productivas.
El futuro sigue siendo de las personas.
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