Sí, hablamos demasiado
Eva Levy. Directora de división de ExcellentSearch
Quince años después de la Conferencia sobre la Mujer organizada por Naciones Unidas en Beijing (China), el Ministerio de Igualdad nos convocó en febrero a europeas de diferentes sectores, a un Foro en Cádiz, dentro de los compromisos de España por su turno presidencial en la UE. Se trataba, entre otras cosas, de revisar la ambiciosa Declaración que salió de aquella cumbre y ver cuál es la situación actual y los retos
que nos quedan. En marzo, una reunión similar, aunque a nivel global, se repetirá en Nueva York, y puede que también se reclame una nueva conferencia sobre igualdad como la de los noventa.
Cualquier oportunidad de reflexión me parece oportuna y no faltaba contenido en el programa de Cádiz, pero mentiría si no confesase cierta decepción al terminar los trabajos.
La ministra Aido, anfitriona del encuentro, apuntó aspectos muy interesantes en un discurso bien armado sobre un modelo «sostenible» en lo económico, medioambiental, pero especialmente en lo social y humano, fundamento de la igualdad. La finlandesa Marianne Laxen, coodinadora del Informe de Seguimiento de Beijing, cambió la habitual denuncia de «escasa presencia femenina» en ciertos estamentos por la más provocativa de «sobre representación masculina», donde «el varón es la norma». La secretaria de Estado para la Igualdad portuguesa nos recordó, implacable, que «los avances formativos de las mujeres no se traducen en mejores empleos».
Pero cada vez con más frecuencia, cuando de temas de mujer se trata, me siento como
si fuera al médico y este disertase sobre mis males, sin someterme a tratamientos imprescindibles, por duros que fueran.
Teorizar y analizar está bien, pero hace demasiados años que nos asomamos a las mismas estadísticas, a las mismas ‘brechas salariales’, a las mismas cuitas sobre nuestra pobre presencia en puestos de responsabilidad.
Sí, esos son los síntomas de la enfermedad, pero ¿para cuándo el tratamiento? Sin el más mínimo ánimo de desprecio hacia el trabajo de algunas expertas, a estas alturas y tras muchos años implicada en la lucha por la promoción de la mujer profesional, a veces me parece asistir a una vieja función de la que me conozco los diálogos. Pienso,
incluso, que hay quienes se han asentado en un discurso certero pero cómodo, sin alarmarse por seguir explicándolo sin corregir ni una coma, año tras año. Es tiempo de agarrar la realidad por las solapas. De responsabilizarnos, con realismo, de aquello que podemos hacer y que nadie puede hacer por nosotras. Es tiempo de reconocer nuestra
falta de compromiso y de solidaridad entre nosotras, que se evidencia en esas llamativas estadísticas a las que me refería antes: por mucha ‘masa crítica’ que lleguemos a ser en algunas empresas continuamos sin modificar estrategias, sin presionar, sin aprovechar legítimamente nuestro número, ni las oportunidades legales y de otro tipo para que se nos abran puertas.
En Cádiz, no obstante, me gustó constatar los avances de las españolas, la puesta en
marcha de una legislación, como la que reclama cierto grado de paridad en los Consejos de Administración –con fecha de cumplimiento- que algunos países europeos miran ahora con interés. Fue estimulante intercambiar opiniones y comprobar la inteligencia y lucidez de muchas de mis colegas de esos días. Frente a otras mujeres, las europeas somos afortunadas, lo que implica responsabilidad, porque tenemos herramientas.
La mayoría de los Estados están elaborando políticas de igualdad, aunque luego les fallen, por complicados, la metodología y el seguimiento: aportemos nosotros ideas para hacer reales esas políticas. Hagamos más. Aportemos en cualquier próximo
encuentro autoexigencia, iniciativas, soluciones. Cualquier cosa menos más excusas, datos manidos y lamentos.
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