Laura Argenté. Socia Directora de BLC Human Coaching
Por muchos años me he resistido a creerlo. El encasillar estilos de liderazgo por género me parecía otra forma de “sectarismo” y de “fácil conversación”. Mi paso por grandes multinacionales, unas veces eminentemente masculinas como las de bebidas alcohólicas como Diageo en Latinoamérica, y otras por eminentemente femeninas como Esteè Lauder en Nueva York, me permitió observar diferentes estilos en ambos sexos. Conviví con mujeres muy asertivas, con estilos claros, transparentes, directos y con una gran capacidad de venta interna y networking, cualidades que según muchos autores son “de liderazgo masculino”. Y también conviví cerca de directivos cuyo interés por sus equipos era su bienestar, un buen clima y su toma de decisiones era por consenso, cualidades típicamente atribuidas al “liderazgo femenino”.
Mi opinión personal es que existen tantos estilos como personalidades y lo que sí influye en el estilo de liderazgo es la voluntad de los profesionales en crecer como personas y como líderes, en la actitud de reconocer que no se sabe todo y que hay mucho por aprender, y reconocer también que ciertas habilidades y comportamientos -se les llame “femeninos” o “masculinos”- se pueden aprender. La capacidad de arremangarse y meterse de lleno en la piscina del aprendizaje, de salir de su zona cómoda para crecer es lo que marca el estilo en sí de liderazgo. Ahora, desde el otro lado de la mesa, a través de los Procesos de Coaching que me encargan tanto a directivos como directivas, veo que el éxito de un buen líder reside allí: en su capacidad y actitud de querer desarrollarse con su propio estilo para dar lo mejor de sí mismo, apoyándose en sus puntos fuertes y neutralizando aquellas áreas que no le son tan naturales, y así llegar hasta un liderazgo -llamémosle para variar- “univers@l”.

Por Laura Argenté Ariño. Socia Directora BLC-Human Coaching.

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