Hay que alertarse en los “tengo que”, “me gustaría”, “me encantaría, pero…” y poner especial atención en los “quiero”, “voy a por ello”.

Estos últimos indicadores de compromiso que expresamos a través del lenguaje hacen de palanca priorizando unas tareas sobre otras. Por eso cuando tenemos claro lo que queremos y estamos involucrados, desaparece la excusa del “no tengo tiempo”.

El grado de compromiso se muestra patente tanto individual como colectivamente. Pensemos en términos deportivos e imaginemos a nuestro equipo en el campo de juego, a los pocos minutos notaremos claramente esa emoción y leeremos la capacidad de compromiso que mantienen en cada momento. Como en el deporte y en la vida personal, del mismo modo en el trabajo, la responsabilidad, la implicación y el compromiso se hacen presentes durante el desarrollo de las tareas cotidianas. Fomentar esta actitud en el entorno laboral supone crear una conciencia positiva y una mayor y más responsable orientación hacia los objetivos. El compromiso será un aspecto importante a tener en cuenta en un proceso de coaching para el desarrollo personal y profesional; genera acción y, por tanto, aprendizaje.

Una vez sopesados los beneficios y riesgos es importante sentirnos libres a la hora de decidir, seguir adelante con un compromiso, renegociarlo o romperlo. En nuestra mano está elegir con qué actitud nos queremos relacionar con nuestras metas

El coach estará atento a la coherencia y correspondencia entre el objetivo que define el cliente y aquello con lo que se compromete. Para descubrir si existe tal correspondencia el coach hace un seguimiento de las acciones que desarrolla el coachee y analiza si están alineadas o no con el objetivo que persigue.

Otro punto a tener en cuenta, es identificar la emoción que se genera cuando una persona o un equipo está comprometido con algo. Si se leen los dominios de actuación en el coaching como son el lenguaje, el cuerpo y la emoción, podremos identificar cuándo una persona está comprometida o no, encontrando emociones como la ilusión, ambición, superación, optimismo y confianza.

La obligación
Para ilustrarlo más claramente pensemos en lo contrario al compromiso, la obligación. Utilizaremos un ejemplo: En una sesión de coaching, el coachee expresa el siguiente objetivo “Tengo que aprender inglés para conseguir una promoción interna.”

Si seguimos explorando percibiremos un lenguaje del estilo “esto es lo que hay… si quiero promocionarme tengo que aprender inglés”…”Las cosas son así”…”no hay elección” y “si no lo hago me temo las  consecuencias…”. Posiblemente la corporalidad irá acorde con esta actitud, será cerrada y no expansiva. Y la emoción es muy probable que sea de desgana, desilusión y falta de compromiso. Los tres dominios, tanto el lenguaje, cuerpo y la emoción muestran coherencia y, leyendo cualquiera de ellos, observamos indicios de una falta de compromiso.

En este ejemplo nos damos cuenta de que el ejecutivo se está relacionando con ese objetivo desde la obligación, se siente forzado, puede ser por las circunstancias, por la cultura de su empresa, porque se lo ha pedido su jefe, por él mismo o por cualquier otra razón. Si esta situación la vive como algo que tiene que hacer y si la persona siente que el no hacerlo pudiera acarrearle consecuencias negativas, se está relacionando desde la obligación. Por otro lado, paradójicamente, podemos vivir un compromiso, asimismo, desde la perspectiva de la obligación. Esto puede suceder cuando nos hemos comprometido a priori con alguien o con algo y no vamos a ser capaces de cumplirlo o el hecho de cumplirlo nos puede originar importantes complicaciones. En este caso, si seguimos adelante con el compromiso, se puede convertir en una obligación. Y si lo rompemos lo hemos incumplido. ¿Qué hacemos?

Un compromiso se puede renegociar e incluso romperse, una persona tiene la flexibilidad y la elección de decir qué hacer en cada momento. Es importante señalar que si un profesional está continuamente renegociando y rompiendo sus compromisos, su imagen pública puede verse perjudicada y eso afecta a su credibilidad. Sin embargo, una vez sopesados los beneficios y riesgos es importante sentirnos libres a la hora de decidir si seguir adelante con un compromiso, renegociarlo o romperlo. En nuestra mano está elegir con qué actitud nos queremos relacionar con nuestras metas.

En definitiva, el compromiso tiene la potencia que cada uno de nosotros decidamos libremente darle, y dependerá de que nos posicionemos desde dónde queremos vivirlo, que actuemos o no de acuerdo con el objetivo que perseguimos. Y que nos preguntemos ¿desde qué emoción queremos sentirlo?, ¿con qué actitud? y ¿con qué lenguaje?