Desde niños se nos inculca la importancia de esforzarnos para dar lo mejor de nosotros mismos, para ser los mejores, para superarnos en los estudios y en el trabajo. Algunas personas asumen estas creencias con gran convicción y se exigen enormemente a sí mismas, sintiendo, en ocasiones, que sus logros no son suficientemente buenos o que podían haber hecho más. Ello les genera una gran frustración e insatisfacción.

Además, su autoexigencia no les permite distinguir “lo que soy” de “lo que hago”. Es decir, si algo sale mal, lo viven como un fracaso, y cuando los demás hacen una crítica, lo interpretan de manera personal y sienten amenazada su propia integridad o su profesionalidad, ya que tienen mayores dificultades para aceptar otros puntos de vista y admitir críticas o sugerencias.
Por otro lado, también puede verse afectada su relación con los demás, puesto que a la mayoría les cuesta reconocer el esfuerzo del otro y sienten que sus compañeros no hacen su trabajo bien o que se podían haber esforzado más. La clave está en transformar esta autoexigencia en excelencia. Para ello hay que:

1. Enfocarse no tanto en los resultados como en tener claros los objetivos. En el caso de un jefe, tratará de que sus colaboradores tengan claros sus objetivos y se sientan comprometidos y responsables con los mismos. Entenderá que tan importante es reconocer en ellos lo que han hecho bien como lo que falta o se podría mejorar. Reconocerá sus logros y felicitará sus éxitos, entendiendo lo importante que es sentirse valorados, reconocidos y con confianza para sacar lo mejor de sí mismos y así que puedan desarrollarse personal y profesionalmente.

2 Centrarse en el proceso, en el camino hacia el objetivo, más que en el resultado. Es en el trayecto hacia la consecución del objetivo donde se da el aprendizaje, la creatividad, la potenciación de las habilidades, el disfrute, la celebración… Si algo sale mal, no soy yo, sino una parte de mi hacer, lo que puedo mejorar. Si lo asumo con naturalidad, podré identificar qué necesito cambiar y desarrollar o qué habilidad quiero potenciar para conseguir de manera más efectiva mi objetivo.

3 Vivir el error como una oportunidad de aprendizaje, no como un fracaso. Equivocarse nos permite buscar alternativas, aceptar otros puntos de vista, admitir las críticas y sugerencias… Cualquier aportación es una oportunidad para seguir aprendiendo y avanzar hacia el objetivo.

4 Estar enfocados en la excelencia nos permite conectar con aquello que queremos realmente, lo que nos gusta y nos hace trascender, y ello multiplica considerablemente las posibilidades de conseguir nuestros objetivos. Al mismo tiempo, desaparece la frustración para dar paso a una actitud de reto y aprendizaje continuo, donde el crecimiento personal y profesional florece.

Autora: María Teresa Gómez Checa

CS64 – Coach Profesional Senior Certificado