El presente artículo es una reflexión sobre la disciplina del coaching desde las veredas de la filosofía, la ética, el arte y la ciencia.

Tomando como inspiración el libro de Leonardo Ravier[1], me doy la libertad de hacer algunas reflexiones sobre este cruce de caminos.

Sabemos que el coaching ha tenido que abrirse espacio en el campo del desarrollo humano y organizacional, su génesis se apoya en razonamientos filosóficos y principios éticos, y su práctica deviene en un arte que hoy busca validarse a través de las evidencias científicas.

Patricia Mántel, miembro de la Junta Directiva de AECOP, en 2004 escribía lo siguiente:

Es probable que el coaching tenga su origen en la prehistoria, pero no se sabe a ciencia cierta. El hombre, durante siglos ha ido evolucionando a través de la convivencia dentro de grupos y gracias a la interacción con otros individuos. Siempre han existido maestros, tutores y expertos, que guiaban a los pueblos, religiones o áreas de conocimiento. Todos ellos aparecen tanto en la literatura como en las creencias populares y son figuras a seguir e imitar que aportan una visión de la vida que hace que cada uno encuentre aquellos consejos más adecuados para creer personalmente y afrontar las diversas situaciones de una vida más eficaz. [2]

Probablemente nos perdamos en ese camino para buscar un origen, pero también podríamos llenar ese vacío dejándonos llevar a un cuento o, por qué no, a un mito.

La búsqueda del origen

Imaginemos los afluentes de un gran rio, vamos siguiendo cada uno de ellos hasta su origen, pero llega un momento en que nos perdemos, pues esas pequeñas fuentes muchas veces son difusas, subterráneas y resulta difícil establecer a partir de dónde y cuándo han comenzado a tener identidad. Sin embargo, es evidente que el rio existe.

Esta metáfora es una forma de ver lo que hemos vivido en la historia del coaching. Un buen día nos dimos cuenta de que estaba ahí, aunque nadie lo hubiera nombrado como tal, el coaching era útil y eso permitió poner nombre a una serie de prácticas que veníamos realizando bajo distintos rótulos. Podemos decir que la práctica de permitir que el mismo interesado sea el que descubra algo sobre sí mismo se da en campos como la filosofía, la educación, la psicología, el deporte, el management, entre otros. Había que aprender a usar el conocimiento para abstenernos de enseñarlo y dejar que fuera la curiosidad, la necesidad de saber del aprendiz, coachee, cliente -como quieran llamarlo-, quien lo llevara a desvelar dentro de sí su propio conocimiento. La mayéutica nos pone frente a esta revolución que siempre ha existido en el hombre: “aprender a aprender”, descubrir que no sabíamos lo que sabíamos. A ser subversivos en cualquier época, Sócrates pagó con la muerte ser fiel a este principio, donde tomar la cicuta fue un legado. Como vemos en el libro de Ravier, la lista es muy larga, no de nombres, sino de ideas y tendencias que han influido para que hoy podamos decir que el coaching no es sólo una moda.

Sabemos que Sócrates y su método mayéutico es una de las fuentes del coaching, dar luz al alma y llevar a la persona a descubrir un saber no sabido que está en ella. Desde aquel momento hasta hoy, se han ido integrando distintos tipos de saberes que hacen del coaching un gran rio donde es imposible atribuirle un solo padre. Ravier lo expresa de la siguiente manera:

La dificultad para establecer los orígenes del coaching radica justamente en este acercamiento del todo a la nada en un sinfín de teorías del desarrollo humano. Esto ocurre porque el coaching, como axioma fundamental, se basa en la observación y subjetividad de la acción humana para el desarrollo, desde una perspectiva personal y privada. [3]

¿De qué origen hablamos? El coaching existe hoy a pesar de muchos malos augurios y puertas cerradas. El intrusismo es una amenaza más, tal vez de las más graves, pues se vuelve un argumento para desacreditar una profesión naciente que lucha para validar sus prácticas artesanales en un arte-sano apoyado en su esencia científica, la evidencia científica. El coaching ha evolucionado en poco más de tres décadas, ha pasado de ser una práctica marginal a impartirse en las universidades, pero sobre todo su función social es reconocida por los clientes o coachees que dan testimonios de su trabajo y sus beneficios.

Razonamientos filosóficos y principios éticos

Encontrar un sentido, una razón de ser al coaching, a las ideas que lo justifican, ha sido una labor de la filosofía. Los argumentos que nos brindan las ideas de Sócrates, Platón y Aristóteles sobre la forma cómo se gestan en el ser humano el conocimiento y su transmisión son muy sólidos. Una episteme donde los procesos de aprendizaje y enseñanza se entrecruzan, un largo viaje que hoy tiene más de veinticuatro siglos de trayecto, desde luego pasando por las ideas de muchos otros filósofos. En el último siglo, vemos razonamientos y prácticas que llevan a la consolidación del coaching. La fenomenología, la psicología humanista, algunas de las corrientes psicoanalíticas, la psicología positiva, el management, son solo algunas alusiones de una larga lista. Estas corrientes se acrisolan en un hilo conductor: el método mayéutico usa las preguntas para invitar al coachee a descubrir algo que está en él mismo, pero que no sabe que lo tiene.

La mayéutica que ponía en práctica Sócrates no era sólo su soberbia presumiendo de su saber. La filosofía se manifiesta ahí, está para decirnos las razones de nuestro actuar en la búsqueda del conocimiento, facilitando al otro que ilumine su alma, sin ser el filósofo o, en nuestro caso, el coach, quien la ilumine. Desde luego, hay quienes no lo ven así, pues consideran que el conocimiento solo se adquiere por medio de la enseñanza, donde el aprendiz es pasivo. Corriendo el riesgo de ser reduccionista, en esta posición se dan muchos de los modelos formativos donde el tutor, mentor o maestro efectúa una función directiva.

En contraposición, varias disciplinas fundamentan su práctica en argumentos que parten de la mayéutica socrática. Tal es el caso del asesoramiento filosófico -os sugiero que incursionéis un poco en este campo, seguro que os sorprenderá. Veamos cómo nos definen estos filósofos prácticos, en palabras de la Dra. Mónica Cavallé:

El coaching, …, es una nueva relación de ayuda que se orienta al logro de los objetivos especificados por el cliente, a la consecución de lo que éste considera su éxito. Un coach personal ayuda a iniciar y gestionar procesos de cambio personales, profesionales o de cualquier otra índole, y a diseñar estrategias que permitan alcanzar los objetivos previamente definidos por el cliente.[4] (CAVALLÉ, 27)

Me parece interesante aportar este punto de vista que nos da esta disciplina afín, pues partiendo del mismo punto, el método mayéutico, trabaja desde la filosofía y corre en paralelo a la nuestra, pero sin tener el mismo objetivo, como lo define esta autora:

El asesoramiento filosófico, es una nueva modalidad de relación cooperativa, de ayuda, en la que el filósofo asesor se ofrece para establecer una conversación franca, libre y abierta que contribuya a clarificar sus dudas, preguntas concretas, conflictos- no patológicos y retos vitales que le plantean quienes acuden a él.[5] (CAVALLÉ,46)

Volviendo a nuestro viaje después de la breve incursión en la filosofía por el campo de la ética, pasemos de la reflexión sobre la razón de ser al cómo nos comportamos, al hacer. Se trata fundamentalmente de discernir entre el bien o el mal hacer en la profesión del coaching.

Estamos de acuerdo que el principio fundamental de nuestra práctica es la confidencialidad, pues es la base sobre la que se construye el buen diálogo entre el coach y el coachee. Están también la confianza y el respeto como otro soporte de nuestra práctica, sin dejar de lado a la honestidad. Desde luego, podemos seguir recorriendo algunos otros valores, pero ¿cuál es el sentido de hacerlo si no comprendemos el papel de la ética?

Aristóteles decía que hay que distinguir entre dos tipos de comportamientos y de ello dependerá como nos acercarnos a la “excelencia”. Hay acciones que se hacen no por la actividad misma, sino por su finalidad, las llamaba “técnicas”. Por otro lado, hay acciones que se hacen por sí mismas, a las que llamaba “prácticas”.

La ética del coaching se centra los comportamientos “prácticos”, pues desde ahí generamos el bien hacer, desde donde se desprenden las buenas prácticas, la deontología. En un segundo plano, podemos poner al servicio de los otros nuestra práctica, pero ésta debe estar “bien hecha” y para ello nos apoyamos en nuestros códigos. Son ellos nuestro aval de un bien hacer, puede haber errores, pero el esfuerzo de hacerlo bien es lo que ofrecemos a quienes deciden buscar nuestro acompañamiento en la resolución de sus problemas, en la superación de sus retos, en la búsqueda de su desarrollo.

Del arte a la ciencia: aprender a hacer y saber hacer

Si bien la filosofía y la ética nos explican la razón de ser y el cómo hacer del coaching, eso no basta. Requerimos describir cómo se aprende a saber hacer y cómo se reproduce, se cambia o se crea el saber hacer. El camino nos lleva del arte a la ciencia y de la ciencia al arte, en una constante evolución donde nunca dejamos de aprender.

Pensemos en el arte de encender el fuego, donde se ponen en juego una serie de elementos que se transmiten de forma artesanal, de maestro a aprendiz, donde éste ensaya, reflexiona, asimila y concluye produciendo ese fuego que le calienta. A fuerza de repetirlo se convierte en una práctica que domina, pasa a ser un virtuoso.

Así es el proceso de aprender a ser coach, es un largo proceso artesanal cuyo protagonista es siempre el aprendiz de coach, quien va eligiendo el camino de su formación, muchas veces acompañado, pero también otras atravesando experiencias en su soledad, confrontando su razón de ser y siendo consciente de su manera de hacer, teniendo en cuenta sus principios, sus habilidades, sus fracasos y conquistas. El coaching está ahí, cada uno de nosotros ha de descubrirlo a través del arte y la ciencia.

El coaching va abriéndose espacio en las ciencias, apoyándose en la evidencia científica que va creando. Algunas de estas prácticas artesanales se fundamentan ahora en un terreno más firme, como ocurre recientemente en el coaching organizacional.

Finalmente, se llega a una etapa donde la repetición de lo que se puede hacer se mide, se registra, se analiza, se concluye y se repite para descubrir cómo hacerlo de forma diferente, cómo mejorarlo, como aplicarlo a nuevas situaciones. La ciencia no sólo es saberlo hacer, es poderlo reproducir de forma segura, concretar el modo de aplicarlo para nuevas creaciones, para inventar nuevas soluciones a problemas que han estado ahí de forma inaccesible.

El coaching es una disciplina caracterizada por una paradoja: el conocimiento del coach se utiliza para saber cómo abstenerse de ser ese sujeto del saber para dejar que sea el coachee quien aporte al proceso la develación de sus conocimientos.

Nuestro viaje ha de concluir aquí. Hemos reflexionado sobre la filosofía y la ética como la esencia del coaching y sobre el arte y la ciencia como un juego de la práctica dialéctica. Ello le da al coaching su derecho a dejar de ser una práctica marginal para convertirse en una práctica legítima en el campo del saber humano. Creo que es la vía para lograr que el coaching llegue a ser una profesión reconocida.

David Gilling C., responsable Área Ética Aecop

 

[1] Ravier, L. Arte y ciencia del coaching. Su historia, filosofía y esencia. Unión Editorial, España, 2017

[2] http://pdfs.wke.es/2/2/5/6/pd0000012256.pdf

[3]Idem, Crf. Capítulo 1º

[4] Cavallé, M. y Machado, J. Arte de vivir, arte de pensar. Iniciación al asesoramiento filosófico. Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2007 (La Dra. Cavallé ha sido presidenta de la ASEPRAF -Asociación Española para la Práctica y el Asesoramiento Filosófico)

[5] Cavallé, M. La filosofía, maestra de vida. Ed. Aguilar, Madrid, 20043


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Escrito por Josepe Garcia
Creador del programa Vivir del Coaching

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